Francesc Bordas
Francesc Bordas naquit dans un pays inondé de soleil qu'il saluât comme le firent Miro et Picasso pour se laisser emporter par les vents ascendants de l'Art en France. Mais ne nous imaginons pas qu'enfants de l'hexagone nous conjuguions seuls la genèse de l'Art et ses paradigmes, l'Espagne n'a peu à envier les mouvements culturels de ses voisins car elle a su être, elle sait et restera un grand berceau d'artistes sans frontières.
Francesc Bordas, patriote surréaliste flatté par nos galeries, a malgré toutes les sollicitudes parisiennes conservé une attache culturelle très solide avec ses origines lui permettant d'installer régulièrement ses œuvres à Barcelone, à Madrid ou autre plaza del artista del pintor. Du reste, et depuis sa longue résidence en France, je crois qu'il cultive consciemment cet accent méditerranéen aux aspects toniques qui n'est pour déplaire ni à ses élèves (féminines en général), ni à ses compatriotes ibériques.
From David G. Torres - Barcelona, octubre 1998
Hacer pintura, pintar, ofrecer cuadros pueden ser las opciones más complicadas que a un artista se le ofrecen en la actualidad, quizá porque siempre está al acecho, como un desliz del lenguaje, el incómodo "seguir" pintando. Y es precisamente ese "seguir" el que presenta casi todos los problemas. De entrada porque para cierta modernidad es directamente una forma de menosprecio. Pero, el verdadero problema es que en ese pequeño desliz están contenidos no menos de cinco siglos de historia y uno de crisis continua y asesinatos en serie. Todo ese pasado, todos esos referentes pesan como una losa a la que hay que dar respuesta, sin olvidar que en el arte actual existen otros medios, lenguajes y mecanismos de igual complejidad que también es preciso tener en cuenta. En definitiva, un artista (pintor, escultor, videoinstalador, lo que sea o como quiera llamársele) está inserto en su tiempo y debe responder con su obra a todas las de alrededor, a las anteriores y al mundo que le rodea. Si el peligro de las instalaciones, fotografía, videoarte, net-art etc. está en camuflarse en la falta de referentes y criterios de valoración bajo la capa del discurso más o menos oportunista, es decir, no tener en cuenta el "seguir" del que hablaba al principio; en pintura el peligro de olvidar ese "seguir" es prescindir de todas las instalaciones, fotografías etc. que la rodean, actuando como si desde 1950 hasta hoy no hubiese pasado nada, apelando a una tradición paralela en arte contemporáneo, como si hubiesen dos vías distintas, la pintura y todo lo demás.
Toda esta serie de porque sí y porque no de la pintura no los he explicado llevado por esa angustiosa necesidad que nos impulsa a justificar nuestros discursos cada vez que hablamos de pintura, sino porque entre esos argumentos es donde intuyo que residen algunos problemas de la obra de Francesc Bordas.
De no ser por su formato no podríamos hablar en términos estrictos de pintura frente a los cuadros de Francesc Bordas. Sólo podemos hacerlo si entramos en el juego irónico y un poco perverso sobre el propio lenguaje que plantea el artista. De hecho sus cuadros están hechos con telas de malla semi-trasparentes superpuestas en la superficie de la obra. De esta forma obtiene un resultado confuso visualmente: a larga distancia la diversidad de grises en diferentes cuadros pueden recordarnos a Mark Rothko y sus sutiles variaciones de tonalidades; de cerca, provocan efectos ópticos. Pero es sobretodo en esta distancia próxima donde el espectador percibe la "trampa" de unas pinturas que no lo son o, tal vez convendría decir, de unas pinturas que son su simulacro. La de Bordas es una pintura que de alguna manera se autointerroga sobre qué es la superficie pictórica o qué deja de ser. Sin duda este es el punto fuerte de su trabajo, donde se percibe una buena dosis de sutil ironía que trabaja desde dentro de la obra.
Acompañando a los cuadros, Francesc Bordas expone dos fotografías: una vista del café de París en el que se reúnen algunos artistas españoles y otra del patio del estudio del artista también en París (ésta, en concreto, está técnicamente muy mal colgada y creo que ya es momento de reclamar cierta profesionalidad). La relación de estas dos fotografías con el resto de la exposición no es nada clara, de hecho sólo por su carácter anecdótico –mostrar los lugares en los que Francesc Bordas creaba la presente serie– parecen estar ligadas a los cuadros. Pero sin buscar justificaciones, es evidente que las fotografías aportan un aspecto narrativo a la exposición. Entonces podríamos pensar que están expuestas para contrarrestar el peso formalista de las pinturas. Tal vez porque el mismo artista intuye que en las virtudes que antes enunciaba de su obra están contenidos sus problemas. Los cuadros de Francesc Bordas funcionan muy bien como estrategia formalista y como autointerrogación de la propia imagen pictórica, incluso como pintura-objeto, pero justo se quedan ahí sin conseguir superar esa profunda autorrefencialidad formalista. Para regresar a la digresión que planteaba al principio de esta crónica, su reflexión se queda en el terreno de la pintura, anclándose en los años cincuenta y en una lógica vanguardista (en el sentido histórico de la palabra y no en su planteamiento como reto y discusión constante). El trabajo de Francesc Bordas es una tentativa interesante a la que, para simplificar, lo único que habría que demandarle es un esfuerzo de contextualización o de reubicación histórica. Afortunadamente, una de sus virtudes es que esa autorrefencialidad formalista no está tratada desde el tremendismo, sino desde cierta distancia irónica y que, aunque en esta ocasión las fotografías no hayan sido la mejor solución, es consciente de esa losa formalista que lastra su trabajo.